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El sol
Es la estrella más próxima a la Tierra. Por ello, los astrónomos pueden observarla mejor que a ninguna otra. Esto les ha permitido conocer su composición y entender cómo influye en nuestro planeta.
Sol
Por su cercanía, es la estrella más conocida. Los astrónomos pueden incluso distinguir detalles en su superficie (desde 150 km de extensión como mínimo). Comparado con la Tierra, el Sol es gigantesco. Su volumen equivale a 1.300.000 planetas como el nuestro y, a lo largo de su diámetro, se podrían alinear 109. Es una enorme esfera gaseosa muy caliente, cuya masa es más de 300.000 veces la de la Tierra. La gravedad en la superficie solar es alrededor de 28 veces más fuerte que en nuestro planeta. Sin embargo, el Sol es sólo una estrella común. Para los astrónomos, es una suerte poder estudiar bien una estrella de este tipo, ya que todo lo que aprenden observando el Sol les permite entender mejor otras estrellas.
La fotosfera
La luz enceguecedora del Sol proviene de una capa de menos de 300 km de grosor: la fotosfera. Es la causante de que el Sol parezca estar delimitado por un borde nítido. Su temperatura es de casi 6.000°C. En el telescopio, aparece como una red de pequeñas celdas brillantes o granulos, en permanente agitación. Cada granulo es una burbuja de gas de tamaño gigantesco, que aparece, se trasforma y desaparece en unos diez minutos. En algunos lugares, la superficie del Sol presenta manchas oscuras, llamadas manchas solares, que se estudian desde la invención del anteojo y del telescopio. Si se observan a diario, es cosible constatar que no siempre se encuentran en el mismo lugar. Este movimiento prueba que el Sol gira sobre sí mismo.
La cromosfera y la corona
Durante un eclipse total -y solo en esa ocasión- cuando el disco brillante del Sol desaparece detrás de la Luna, se ve en torno a esta un delgado ribete de intenso color rosa: la cromosfera. Rodeándola, se puede ver un halo plateado más o menos irregular: la corona. La cromosfera y la corona son las regiones externas del Sol. Forman la atmósfera solar. Generalmente no se ven, ya que son mucho menos luminosas que la totosfera. La cromosfera se eleva hasta 5.000 km sobre la superficie de la estrella. Se ve erizada de pequeños chorros de gas muy calientes: las espículas. Su temperatura aumenta con la altura: en la cima llega a 20.000°C. La corona, que envuelve la cromosfera, se disuelve progresivamente en el espacio y no tiene un límite exterior bien definido. Es muy tenue, pero extremadamente caliente: su temperatura sobrepasa 1 millón de grados centígrados. Cada cierto tiempo y con instrumentos especiales, es posible observar que algunas regiones de la cromosfera se vuelven súbitamente muy brillantes: son las erupciones solares. Luego, inmensos chorros de hidrógeno caliente se alzan en la cromosfera y en la corona: son las protuberancias. Cuando se las observa en proyección sobre el Sol, las protuberancias aparecen como filamentos oscuros. Un flujo de partículas muy rápidas se escapa permanentemente del Sol por la corona: es lo que conocemos como viento solar.
El interior del Sol
No es posible ver el interior del Sol, pero el estudio de la superficie y de sus capas externas permite a los astrónomos conocer su estructura interna. Aunque contiene todos los cuerpos simples identificados en la Tierra, el 98% de su masa está formada por hidrógeno y helio (73% de hidrógeno y 25% de helio). La materia se va comprimiendo hacia el centro del Sol y el calor va aumentando.
El centro mismo es increíblemente caliente: la temperatura llega a casi 15 millones de grados y la presión es 100 millones de veces
mayor que la de la Tierra. En ese horno descomunal, los átomos de
hidrógeno se aglomeran de a cuatro y se transforman en átomos de helio. La reacción libera calor y luz haciendo brillar al Sol. Cada segundo, 400 millones de toneladas de hidrógeno se transforman en
helio en el núcleo del Sol. La zona donde se producen estas reacciones nucleares no alcanza a medir un cuarto del radio del Sol,
pero contiene la mitad de su masa. La luz que surge de esta región central sólo llega a la superficie dos millones de años más tarde.
La actividad solar y la observación del Sol
A medida que fueron perfeccionando los instrumentos astronómicos, los hombres pudieron observar las perturbaciones del Sol: las manchas solares de la fotosfera; las erupciones solares, las protuberancias y los filamentos de la cromosfera; los chorros de gases de la corona. Hoy se sabe que todos estos fenómenos —constituyen la actividad solar— están relacionados entre sí. Su frecuencia e intensidad varían según un período de once años, aproximadamente. Durante ese período, el número de manchas solares pasa por un mínimo y por un máximo. La actividad solar es aún bastante desconocida, pero se sabe que está asociada al magnetismo y a la rotación del Sol.
La relación Sol-Tierra
Cuando el Sol se vuelve más activo, su superficie se cubre de manchas y se observan más erupciones, las que liberan en el espacio enormes bocanadas de radiaciones invisibles: rayos X, rayos ultravioletas y ondas de radio. Estas van acompañadas también de la eyección de un intenso flujo de partículas atómicas cargadas de electricidad: el viento solar. Las que poseen más energía llegan a la Tierra en varias horas y se acumulan en torno a nuestro planeta, formando cinturones de radiación. Las otras se demoran uno o dos días en llegar. Son desviadas por el escudo magnético de la Tierra (la magnetosfera) y son atraídas por los polos magnéticos de nuestro planeta. Al caer en la atmósfera, producen bellos resplandores coloreados: las auroras polares. Cuando estas últimas aparecen en el hemisferio norte, se las llama auroras boreales, y cuando lo hacen en el hemisferio sur, auroras australes. Tienen el aspecto de grandes cortinas rojizas o verdosas que ondulan en el cielo. También se han observado estas auroras en otros planetas.
La influencia del clima
Al parecer, las variaciones de la actividad solar tienen repercusiones en el clima de la Tierra. Entre 1645 y 1715 no se observó ninguna mancha en el Sol; ese lapso coincidió con los años más fríos de la "pequeña era glaciar", período durante el cual las temperaturas fueron inusualmente bajas en Europa. Al contrario, desde comienzos del siglo XX, el Sol está muy activo y la temperatura media de la Tierra ha aumentado levemente.
Se han descubierto muchas correlaciones semejantes entre actividad solar y períodos de frío o de grandes calores en la Tierra. Pero se desconoce aún la manera exacta en que las variaciones de la actividad solar actúan sobre el clima.
Los observatorios solares
Existen varios observatorios donde se estudia el Sol en distintos puntos del planeta: en Estados Unidos (Kitt Peak, Sacramento Peak, Big Bear); en España (Canarias); en Francia (Meudon); en la República Checa (Ondrejov); en Rusia (Crimea); en Japón (Mitaka, Norikura, Toyokowa); en Australia (Culgoora), etc. Están equipados con instrumentos diseñados para observar y analizar la luz solar. Los telescopios destinados al estudio del Sol tienen una gran longitud focal (hasta 100 m) y pueden proporcionar imágenes del Sol de varias decenas de centímetros de diámetro.
Se instalan en el interior de torres solares —que permiten captar la luz de la estrella— y a varias decenas de metros por encima del suelo ya que, cerca de él, el calor provocaría una agitación desordenada del aire, que produce interferencias en las imágenes. Un sistema de espejos permite seguir el Sol en el cielo y reflejar permanentemente su luz.
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